Durante décadas, los conservacionistas han intentado salvar el mundo natural asignándole valor económico. La idea era simple: si se pudiera poner precio a los bosques, los arrecifes y la vida silvestre, las fuerzas del mercado los protegerían. Richard Branson, Jane Goodall y Edward Norton subieron juntos al escenario en 2012, defendiendo este enfoque como el único camino sensato a seguir. Sin embargo, la estrategia fracasó en gran medida, lo que dejó a los biólogos y científicos ambientales preguntándose si una premisa fundamentalmente defectuosa alguna vez tuvo alguna posibilidad.
El auge de los servicios ecosistémicos
El concepto de “servicios ecosistémicos” surgió a finales de los años 1990, ganando terreno como una forma de traducir los beneficios de la naturaleza (agua limpia, secuestro de carbono, recreación y más) en términos monetarios cuantificables. Un famoso estudio de 1997 estimó el valor total de los ecosistemas globales en 33 billones de dólares, superando la producción económica mundial en ese momento. Esta cifra captó la atención, pero hizo poco para cambiar las decisiones del mundo real.
La lógica era sencilla: los tomadores de decisiones, históricamente indiferentes al valor de la naturaleza, responderían a los incentivos económicos. Al hablar el lenguaje de los negocios y las finanzas, los conservacionistas esperaban inclinar la balanza a favor de la preservación. Esto coincidió con el surgimiento del neoliberalismo, una ideología que adoptó soluciones impulsadas por el mercado en toda la sociedad. Los biólogos siguieron el juego, creyendo que replantear su trabajo en términos económicos era la única manera de lograr resonancia con quienes estaban en el poder.
Las dudas internas
A pesar de la adopción generalizada de los servicios ecosistémicos, muchos científicos albergaban serias reservas. La idea de reducir el mundo vivo a signos de dólar parecía inquietante, incluso cínica. Un biólogo bromeó diciendo que los servicios ecosistémicos se habían vuelto más populares que Michael Jackson en las citas académicas: una victoria vacía para un enfoque fundamentalmente comprometido. La cuestión central fue que incluso con valoraciones precisas, la dinámica de poder subyacente se mantuvo sin cambios.
Por qué no funcionó
El fracaso de los servicios ecosistémicos no se debe a la falta de datos o a cálculos erróneos; tiene sus raíces en el desequilibrio fundamental de poder. La preservación o la demolición de un bosque de manglares tiene menos que ver con la lógica económica y más con quién se beneficia de la decisión. Un análisis riguroso podría demostrar que mantener los manglares intactos es matemáticamente superior, pero si intereses poderosos se benefician de su destrucción, el resultado está predeterminado.
El enfoque también carecía de una comprensión profunda de la economía política que impulsa la degradación ambiental. Si bien los servicios ecosistémicos intentaron optimizarse dentro de las estructuras existentes, ignoraron las fuerzas sistémicas que priorizan las ganancias a corto plazo sobre la sostenibilidad a largo plazo. Los conservacionistas no lograron desafiar a quienes estaban en el poder, sino que esperaron persuadirlos con argumentos racionales. El resultado: las poblaciones de vida silvestre continuaron cayendo en picado y los objetivos de conservación no se cumplieron por segunda década consecutiva.
El cambio hacia la justicia en materia de biodiversidad
Cada vez más, los biólogos reconocen la necesidad de un enfoque más radical. En lugar de apelar a quienes están en el poder, están construyendo alianzas con movimientos sociales, comunidades indígenas y otros grupos que luchan por un cambio sistémico. Este marco de “justicia de la biodiversidad” reconoce que la conservación no se trata sólo de salvar especies; se trata de desafiar las estructuras que impulsan la destrucción ambiental.
El ejemplo de Columbia Británica ilustra este cambio. Los grupos ambientalistas abandonaron los servicios ecosistémicos en favor de un marco de “justicia climática”, asociándose con las Primeras Naciones para luchar contra los proyectos de infraestructura energética. Esta estrategia resultó más eficaz que el lobby o los informes científicos, y logró defenderse de los oleoductos propuestos a pesar de las batallas en curso.
El camino a seguir
El fracaso de los servicios ecosistémicos subraya la necesidad de un enfoque más pragmático y transformador. Los biólogos deben adoptar ideas alternativas, alinear su trabajo con luchas sociales más amplias y reconocer que la conservación es fundamentalmente un proyecto político. Existe potencial para aprovechar la experiencia existente, incluidos los servicios ecosistémicos, pero sólo si se integra en un marco más amplio de justicia y resistencia.
La cuestión no es si la naturaleza tiene valor (lo tiene intrínsecamente) sino cómo defenderla en un mundo dominado por desequilibrios de poder. La respuesta no está en apelar a quienes explotan el medio ambiente sino en construir alianzas lo suficientemente fuertes como para obligarlos a cambiar.
El futuro de la conservación depende de reconocer que el precio de la naturaleza no es una cifra monetaria, sino una lucha incesante por la justicia.















