El síndrome del intestino irritable (SII), una enfermedad crónica que afecta hasta al 10% de la población mundial, puede estar más fundamentalmente vinculado a la fuerza más constante de nuestro planeta de lo que se pensaba anteriormente: la gravedad. La Dra. Brennan Spiegel, gastroenteróloga de Cedars-Sinai y UCLA, propone una teoría novedosa de que la “intolerancia a la gravedad” podría ser un factor unificador detrás del SII y las afecciones relacionadas.

El “Cubo de Fuerza G” y por qué es importante

La hipótesis de Spiegel, detallada en su libro Pull: How Gravity Shapes Your Body, Steadies the Mind, and Guides Our Health, sugiere que la susceptibilidad al SII no se trata sólo de desequilibrios bacterianos o de la dieta, sino también de qué tan bien nuestros cuerpos manejan la atracción constante de la gravedad de la Tierra. Enmarca esto a través de un “cubo de fuerza G” que consta de tres factores: resistencia (la integridad estructural de los intestinos), detección (cómo nuestro sistema nervioso percibe la tensión gravitacional) y vigilancia (la respuesta del cuerpo a los cambios gravitacionales).

Esto es importante porque cambia el enfoque de los síntomas aislados a un factor estresante ambiental fundamental. Si la intolerancia a la gravedad es un factor contribuyente, sugiere que los tratamientos que abordan la estabilidad postural, la salud musculoesquelética e incluso la conexión intestino-cerebro podrían ser más efectivos que los enfoques actuales por sí solos.

Comorbilidades y la conexión de gravedad

Los pacientes con SII a menudo presentan comorbilidades como ansiedad, depresión, fibromialgia y síndrome de taquicardia postural ortostática (POTS). Estas condiciones, aunque aparentemente no están relacionadas, comparten un hilo común: la sensibilidad al estrés físico y la inestabilidad. Spiegel sostiene que la intolerancia a la gravedad podría explicar por qué estas condiciones se agrupan con tanta frecuencia.

La conexión se ilustra aún más con la investigación sobre astronautas en microgravedad. Los viajeros espaciales experimentan mayores problemas digestivos, como acidez de estómago, diarrea y estreñimiento, debido al entorno gravitacional alterado. Esto sugiere que nuestros intestinos evolucionaron para funcionar bajo la gravedad de la Tierra, y las desviaciones de esa norma pueden alterar los procesos fisiológicos.

El eje intestino-cerebro y el papel de la serotonina

Spiegel destaca el vínculo fundamental entre la salud intestinal y el bienestar mental. Aproximadamente el 90% de la serotonina del cuerpo (un neurotransmisor que regula el estado de ánimo, el apetito y el sueño) se produce en el tracto gastrointestinal. Por lo tanto, las alteraciones en la función intestinal, potencialmente exacerbadas por el estrés gravitacional, podrían contribuir a los trastornos del estado de ánimo que se observan comúnmente en los pacientes con SII.

Estudios recientes apoyan esta idea, demuestran que los microbiomas intestinales de los astronautas se ven afectados negativamente por la microgravedad y sugieren pruebas rutinarias de microbiomas como una herramienta para monitorear la salud mental en el espacio.

Evaluación de su “gravitipo”

Spiegel incluso desarrolló un cuestionario para medir la susceptibilidad individual a la gravedad, midiendo la durabilidad física, la sensibilidad del sistema nervioso y la resiliencia emocional. Si bien es divertido, el concepto subraya la idea de que las personas varían en su capacidad para afrontar el estrés gravitacional.

Una lente unificadora, no un reemplazo

Spiegel enfatiza que su teoría no pretende reemplazar la investigación existente sobre el SII. Más bien, proporciona un marco más amplio para comprender la afección, integrando factores de riesgo conocidos como la dieta, la genética y la inflamación en un modelo cohesivo. Su trabajo sugiere que explorar el papel de la gravedad en la salud podría generar nuevas estrategias terapéuticas, no sólo para el SII sino para una variedad de afecciones afectadas por el estrés gravitacional.

En última instancia, reconocer la gravedad como una fuerza fundamental que influye en la fisiología humana no supone un alejamiento radical de la comprensión científica. Es una extensión natural de la biología evolutiva y un recordatorio de que nuestros cuerpos evolucionaron para prosperar en un entorno gravitacional específico.