La idea de que los seres humanos consuman semanalmente microplásticos equivalentes a una tarjeta de crédito es una imagen sorprendente, pero engañosa. Si bien los microplásticos son omnipresentes (se encuentran en nuestros alimentos, agua e incluso tejidos humanos), el riesgo real para la salud sigue sin haberse demostrado en gran medida. El pánico que rodea a estas partículas a menudo supera a la ciencia.

La persistencia del plástico

La historia de los microplásticos es también la historia del plástico mismo. Los plásticos, que se produjeron por primera vez en masa a principios del siglo XX, rápidamente se volvieron esenciales debido a su asequibilidad y durabilidad. Esta durabilidad, sin embargo, es un arma de doble filo. El plástico no desaparece; se descompone en pedazos cada vez más pequeños y se acumula en todas partes, desde las cimas de las montañas hasta las profundidades del océano. Esta es la razón por la que ahora se encuentran rastros en el cuerpo humano, incluidos órganos como el corazón y el hígado.

El mito de la tarjeta de crédito desacreditado

La afirmación viral de consumir 5 gramos de microplásticos por semana se originó en un estudio defectuoso de 2019 financiado por el Fondo Mundial para la Naturaleza. The research combined data from studies using different measurement methods (particle counts vs. mass), forcing researchers to rely on unreliable estimations. Estudios posteriores revelaron que la cifra original estaba tremendamente inflada; la mayoría de las personas ingiere menos de 0,0041 miligramos por semana, una fracción de un grano de sal. A ese ritmo, se necesitarían más de 23.000 años para consumir el equivalente de una tarjeta de crédito.

¿Qué hacen los microplásticos?

La pregunta no es sólo cuánto plástico ingerimos, sino qué hace. Los estudios en animales han demostrado potencial para cambios de comportamiento e inflamación, pero se utilizaron dosis mucho más altas que la exposición humana realista. Un estudio en cerdos utilizó 1 gramo por semana, lo que indujo estrés oxidativo en el páncreas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que muchos estudios en animales utilizan concentraciones poco realistas o partículas más grandes que las que normalmente encuentran los humanos.

Los primeros estudios en humanos muestran que los microplásticos se acumulan en las placas arteriales junto con las grasas y el colesterol, lo que se correlaciona con tasas más altas de ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares, pero la correlación no es igual a la causalidad. El cuerpo también puede eliminar algunos de estos plásticos a través de los desechos.

El panorama más amplio

Existe la posibilidad de que los microplásticos alteren los procesos biológicos, pero el alcance del riesgo sigue siendo incierto. Los químicos que contienen podrían filtrarse a los tejidos, pero el impacto real probablemente sea insignificante. En comparación con amenazas establecidas para la salud como la contaminación del aire, el azúcar o incluso el resfriado común, el peligro de los microplásticos sigue siendo en gran medida teórico.

“El campo es todavía joven y todavía no tenemos datos rigurosos sobre los efectos de los microplásticos en el cuerpo.”

Si bien las preocupaciones sobre los microplásticos son válidas y justifican más investigaciones, el pánico no es productivo. Hasta que surja evidencia más sólida, tiene sentido centrarse en los riesgos para la salud mejor comprendidos. La realidad es que probablemente se haya exagerado la amenaza de los microplásticos, al menos por ahora.